Por: Daniel Rojas Arboleda

Cuando se es niño, la única preocupación es acceder a los mundos sin importar quienes fueron sus creadores. Por esos días, las cuestiones referentes a autores y estilos estaban lejos de parecerme relevantes, por lo cual, y a pesar de lo innegable de la influencia de estas obras en la formación de mis gustos literarios, no logro hoy recordar sus autores ni, en algunos casos, sus nombres específicos.


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Era pues hora de cruzar la colina.
Tras un breve encuentro con los hermanos Grimm, llegó a mis manos, en una tarde de marzo, un semanario literario en el que leí un fragmento de una historia sobre un pequeño hombre que tenía en su poder una gema de gran valor. Allí se relataba la manera en la que este devolvió dicha joya a un grupo de humanos reunidos en las afueras de una fortaleza parapetada. Puedo asegurar, desde la distancia de los años, que este ha sido el momento literario más intenso de mi vida.
Acuciado por la intriga de conocer cabalmente aquel relato, di inicio a un viaje que ningún otro libro me ha permitido experimentar: emprendí mi peregrinar a través de la Tierra Media de Tolkien, y tuve el privilegio de devorar gran parte de la bibliografía de este autor sudafricano, incluido su poco conocido cantar de gesta La balada de Berén, en las noches rojas del municipio de San Jerónimo. En este mundo descubrí que no todos los trolls eran nobles como aquella familia finlandesa.
Pronto no tuve en mis manos nada que se relacionara con el mundo tolkieniano y las ansias de leer se desbordaban por mis poros.
El segundo momento mágico en mi experiencia literaria llegó por un golpe afortunado del destino: un amigo de la familia partía hacía Alemania de manera indefinida, confiándonos el cuidado de algunas de sus posesiones, incluida su biblioteca, en la cual hallé un libro encuadernado en cuero rojo, en cuyo lomo se leía, en letras doradas, El lobo de mar. Naufragué entonces entre sus páginas y fui rescatado del Océano Pacífico por el enigmático y brutal Wolf Larsen, con el cual navegué durante algunos días.
Exhausto por mis vivencias a bordo de la goleta Ghost, me dispuse a buscar nuevas experiencias. H. G. Wells me abrió las puertas de la ciencia ficción con la Guerra de los mundos y El hombre invisible, mientras Allan Poe me susurraba palabras de misterio.
Colmillo Blanco y Lucky Star me llevaron de la mano para depositarme ante las puertas de mi tercera gran experiencia: los inquietantes relatos de Horacio Quiroga y sus inherentes reflexiones sobre el sentido de la vida, cuya última pincelada de tragedia fue plasmada por Kafka con El proceso.
Mi cuarta vivencia literaria digna de recordar sucedió por partida doble. En ella recorrí la selva negra de Salgari y me encontré con las escalofriantes pero hermosas Leyendas de Bécquer. Ray Bradbury, por su parte, atraería de nuevo mi atención hacia la ciencia ficción por medio del hielo y el fuego, causando en mí una fascinación que fue pronto reemplazada por el temor que me inspiró la aparición de la Nada en el horizonte. El país de Fantasía creado por Michael Ende me atrapó por días enteros, llevándome a vivir mi quinta aventura memorable.
Llegó luego un período en el que solo leí tediosas novelas de literatura fantástica, pertenecientes a una colección editada en honor a Tolkien. Copias baratas de su mundo y sus seres de las que únicamente un título mereció mi atención: El último dragón. Defraudado por esa nueva ola pastel de narraciones poco originales me di cuenta de que, luego de mi experiencia en los países de Gondor y de Mordor, ya no encontraría consuelo en esta clase de narraciones.
Obligado a cambiar de rumbo regresé a la ciencia ficción para deleitarme con los bomberos creadores de incendios del Fahrenheit 451 de Bradbury y, tras una breve estadía en su Árbol de las brujas, decidí partir hacia el planeta Marte para conocer sus crónicas. Este viaje permanece inconcluso pues mi atención fue atraída por una enorme extensión de silencio blanco, a orillas del río Yukón, que me alentaba a ir en busca del recién descubierto oro del norte americano. Viví así mi sexta gran aventura al lado de Malamute Kid y los aventureros de El silencio blanco y otros cuentos.
A esto le siguieron ojeadas a Stevenson, Melville, García Márquez, Fanny Buitrago, Kipling y Manuel Mejía Vallejo que me llevaron en un disímil recorrido hasta la mente de Cortazar, quién me retuvo como prisionero de su mundo lúdico por mucho tiempo, y aún hoy me pregunto si he logrado escapar.