Por: Daniel Rojas Arboleda

De niño fui siempre muy retraído, hablaba solo lo necesario y eran escasos mis deseos por entablar amistad o pertenecer a cualquier grupo, fuera este de índole deportivo o intelectual. Mis padres, en su afán por realizar su papel de la mejor manera, se empeñaron en que recibiera clases de algún deporte y dominara cualquier oficio artístico aprovechando mi corta edad, lo cual, a sus ojos, parecía ponerme al mismo nivel de una esponja que absorbe todo conocimiento en el que la sumergieran.


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La niñez temprana, si tal término existe en psicología o en algún tratado de pedagogía, es una época decisiva para que aprendas a odiar y a amar ciertas actividades humanas con las cuales te vinculan de manera obligatoria para que tu tiempo no se devalúe. De esta manera ellos, los padres, pueden recuperar los minutos perdidos desde el momento en que decidieron, quién sabe por qué carajos, embarcarse en la aventura de la crianza de cachorros humanos.
Mi primer encuentro con el arte fue un curso de pintura en la Escuela Popular de Artes (EPA): una cadena de fracasos, frustraciones y regaños que generaron en mí cierto resentimiento contra las expresiones pictóricas. Por el lado del deporte me vi enfrentado, antes que a cualquier otra cosa, a un insulso semillero para niños. No a una escuela de fútbol ni a una de básquetbol, a un semillerito ofrecido en la Unidad Deportiva de Belén, al cual nunca quise pertenecer y en el que mi espíritu displicente y desordenado se dejó ver por vez primera, haciéndome acreedor a varios llamados de atención por mi resistencia a finalizar todo lo que comenzaba.
Sospeché entonces que yo no encajaba bien en este mundo, por el cual sentía una gran aversión desde corta edad, y encontré en la lectura una vía de escape efectiva para viajar a otras tierras y vivir otras vidas.
Ocho años cargaba a mis espaldas cuando leí la novela Rebelión en la granja de George Orwell, la cual, siendo yo tan niño, y ajeno a cualquier conocimiento sobre políticas socialistas, no pasó de ser una simple fábula de animalitos desdichados con un final trágico que me hizo detestar a la población porcina.
A partir de entonces me dediqué a merodear por territorios más acordes con mi edad. Fui en busca de seres descomunales en ¿Han muerto todos los gigantes?, viajé a un extraño mundo creado por la mente de un monarca durmiente en “Chipo”, tuve mi primer encuentro con la literatura de los mares a bordo de La góndola fantasma y comprendí el poder de la imaginación con las aventuras de un niño y sus peluches de felpa, creación del británico Alan Alexander Milne, que serían convertidos luego en un circo de muñequitos amanerados, condenados a adornar credenciales y esquelas de cumpleaños, de la mano de la compañía de dibujos animados Walt Disney.
Más tarde conocería a una familia de trolls finlandeses, llamada Mumin, que consiguió encariñarme aún más con los seres de corte mitológico y fantástico. El último empujón hacia una literatura más “seria”, con comillas enormes, ya que para esa edad todo lo leído fue importante y revestido de seriedad infantil, me lo propinaron dos individuos barbados que soñaban con otro mundo en el que tuvieran a alguien más con quién hablar, pero que nunca se atrevieron a cruzar la colina, temiendo comprobar que estaban efectivamente solos.