Novellas http://emiliolarsen.espacioblog.com Imágenes de un lugar cuyos seres son capaces de cosas sublimes pero también terribles. El reflejo de la realidad de un mundo cada vez más pequeño pero cuyos habitantes ponen más distancias entre ellos. La cosecha de lo que germina de sus mentes. es-es Cultura literatura, opinión, actualidad http://s3.amazonaws.com/lcp/emiliolarsen/myfiles/100-1765editada65x65.jpg Novellas http://emiliolarsen.espacioblog.com the-shaker v0.1. More on http://www.the-shaker.com De nuevo esa mirada (Parte I) http://emiliolarsen.espacioblog.com/post/2008/03/30/de-nuevo-esa-mirada-parte-i 2008-03-30T01:47:19+00:00

Por: Daniel Rojas Arboleda

La tensión aumentaba en el ambiente a medida que el personaje de Humphrey Bogart, Rick Blaine, intrigaba, con la aparente intención de aislar de su vida a Victor Lazlo, el personaje de Paul Henreid, y quedarse con la esposa de éste, la única mujer que había amado.

El hombre del sillón apretó a su esposa con más fuerza y dijo en un susurro.

-Gracias a Dios esto es solo ficción.

Había en sus palabras un deje de mentira, de falta de convicción, pero fueron como un elixir que aliviaron un poco la tensión en la espalda de la mujer. La besó en la mejilla y dirigió de nuevo su atención a la pantalla.

La recurrencia de la tonada Time goes by, dibujaba un amor idílico en la gruesa voz de un hombre de color, fiel en la amistad hacia otro más extraordinario, o en las notas sinfónicas que engrandecían una película cuyos planos eran adecuados a cada situación: Planos generales del café de Rick para dar la sensación de incertidumbre, de inseguridad, de la insignificancia de sus invitados; primeros planos de los rostros en los momentos en que los personajes debían tomar las decisiones más cruciales; planos detalle que hacían más comprensibles situaciones o actitudes de algunos personajes.

Aquél hombre que abrazaba a su esposa se había acercado al cinema esperando encontrar una película de amor ligera, que les haría pasar un rato agradable. Pero lo que sus sentidos percibían en ese momento era algo majestuoso. Una trama elaborada de eventos en los que se encontraban las voluntades de diversos hombres y mujeres buscando escapar de su pasado, escapar de la muerte y de la vida prisionera que se imponía en la ciudad de Casablanca.

También se había encontrado evocando momentos de su vida que pretendía olvidar a toda costa. Recuerdos del bien y del mal, de luz y oscuridad, como aquellos que encerraba la memoria del protagonista del filme y que lo obligaban a debatirse entre su propio beneficio o el de una causa mayor a sus problemas que, él mismo reconocería más tarde, eran insignificantes al lado de los engranajes que mueven al mundo y su historia. En Rick él percibía el caos de la noche y el día, así como en lo que había sido su propia vida, su propio camino, en el que vio morir a su hijo bajo un techo ajeno y sobre un suelo duro, acariciado por el viento invernal. Si tan solo hubieran alcanzado el bote a tiempo…

-Loui, creo que este es el comienzo de una hermosa amistad.

Las palabras de Bogart, o de Rick, ya no podía estar seguro, le sacaron de sus cavilaciones. El aumento en la intensidad de la música y el logo de la Warner Brothers anunciaron el final de la película y él tuvo que secarse rápidamente las lágrimas, antes de que las luces fueran encendidas.

La claridad se esparció sobre la negrura del mundo cercano y la figura de su esposa apareció, disminuida, recogida en un dolor profundo, acentuado por sus ojos enrojecidos y húmedos. Él buscó su rostro por primera vez desde que entraran a ese teatro, uno de tantos en la ciudad de Los Ángeles. La miró de veras, como buscando su alma, y tuvo la certeza de que no la miraba así desde que abordaran aquella embarcación en el puerto de Marsella, hacía una eternidad para ellos, hacía tan solo tres años para el mundo y su historia.

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De nuevo esa mirada (Parte II) http://emiliolarsen.espacioblog.com/post/2008/03/30/de-nuevo-esa-mirada-parte-ii 2008-03-30T00:47:02+00:00

Por: Daniel Rojas Arboleda

Si, tal vez la vida podía dividirse también en villanos y héroes y, aunque en este caso los héroes tenían algo de truhanes, al final hacían lo correcto. Además, ¿qué podía importar?, si para su corazón los nazis siempre serían detestables, así como los italianos de ideales fascistas. Sin duda, ese húngaro de Michael Curtiz tenía también algo que decir en contra de todos ellos, una mancha de polvo en su alma que pretendió limpiar al dirigir esta película de manera tan magistral.

La tensión aumentaba en el ambiente a medida que el personaje de Humphrey Bogart, Rick Blaine, intrigaba, con la aparente intención de aislar de su vida a Victor Lazlo, el personaje de Paul Henreid, y quedarse con la esposa de éste, la única mujer que había amado.

El hombre del sillón apretó a su esposa con más fuerza y dijo en un susurro.

-Gracias a Dios esto es solo ficción.

Había en sus palabras un deje de mentira, de falta de convicción, pero fueron como un elixir que aliviaron un poco la tensión en la espalda de la mujer. La besó en la mejilla y dirigió de nuevo su atención a la pantalla.

La recurrencia de la tonada Time goes by, dibujaba un amor idílico en la gruesa voz de un hombre de color, fiel en la amistad hacia otro más extraordinario, o en las notas sinfónicas que engrandecían una película cuyos planos eran adecuados a cada situación: Planos generales del café de Rick para dar la sensación de incertidumbre, de inseguridad, de la insignificancia de sus invitados; primeros planos de los rostros en los momentos en que los personajes debían tomar las decisiones más cruciales; planos detalle que hacían más comprensibles situaciones o actitudes de algunos personajes.

Aquél hombre que abrazaba a su esposa se había acercado al cinema esperando encontrar una película de amor ligera, que les haría pasar un rato agradable. Pero lo que sus sentidos percibían en ese momento era algo majestuoso. Una trama elaborada de eventos en los que se encontraban las voluntades de diversos hombres y mujeres buscando escapar de su pasado, escapar de la muerte y de la vida prisionera que se imponía en la ciudad de Casablanca.

También se había encontrado evocando momentos de su vida que pretendía olvidar a toda costa. Recuerdos del bien y del mal, de luz y oscuridad, como aquellos que encerraba la memoria del protagonista del filme y que lo obligaban a debatirse entre su propio beneficio o el de una causa mayor a sus problemas que, él mismo reconocería más tarde, eran insignificantes al lado de los engranajes que mueven al mundo y su historia. En Rick él percibía el caos de la noche y el día, así como en lo que había sido su propia vida, su propio camino, en el que vio morir a su hijo bajo un techo ajeno y sobre un suelo duro, acariciado por el viento invernal. Si tan solo hubieran alcanzado el bote a tiempo…

-Loui, creo que este es el comienzo de una hermosa amistad.

Las palabras de Bogart, o de Rick, ya no podía estar seguro, le sacaron de sus cavilaciones. El aumento en la intensidad de la música y el logo de la Warner Brothers anunciaron el final de la película y él tuvo que secarse rápidamente las lágrimas, antes de que las luces fueran encendidas.

La claridad se esparció sobre la negrura del mundo cercano y la figura de su esposa apareció, disminuida, recogida en un dolor profundo, acentuado por sus ojos enrojecidos y húmedos. Él buscó su rostro por primera vez desde que entraran a ese teatro, uno de tantos en la ciudad de Los Ángeles. La miró de veras, como buscando su alma, y tuvo la certeza de que no la miraba así desde que abordaran aquella embarcación en el puerto de Marsella, hacía una eternidad para ellos, hacía tan solo tres años para el mundo y su historia.

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Los seis destinos deseados (Parte I) http://emiliolarsen.espacioblog.com/post/2008/03/29/los-seis-destinos-deseados-parte-i 2008-03-29T17:36:45+00:00

Por: Daniel Rojas Arboleda

De niño fui siempre muy retraído, hablaba solo lo necesario y eran escasos mis deseos por entablar amistad o pertenecer a cualquier grupo, fuera este de índole deportivo o intelectual. Mis padres, en su afán por realizar su papel de la mejor manera, se empeñaron en que recibiera clases de algún deporte y dominara cualquier oficio artístico aprovechando mi corta edad, lo cual, a sus ojos, parecía ponerme al mismo nivel de una esponja que absorbe todo conocimiento en el que la sumergieran.


Foto: http://images.channeladvisor.com

La niñez temprana, si tal término existe en psicología o en algún tratado de pedagogía, es una época decisiva para que aprendas a odiar y a amar ciertas actividades humanas con las cuales te vinculan de manera obligatoria para que tu tiempo no se devalúe. De esta manera ellos, los padres, pueden recuperar los minutos perdidos desde el momento en que decidieron, quién sabe por qué carajos, embarcarse en la aventura de la crianza de cachorros humanos.
Mi primer encuentro con el arte fue un curso de pintura en la Escuela Popular de Artes (EPA): una cadena de fracasos, frustraciones y regaños que generaron en mí cierto resentimiento contra las expresiones pictóricas. Por el lado del deporte me vi enfrentado, antes que a cualquier otra cosa, a un insulso semillero para niños. No a una escuela de fútbol ni a una de básquetbol, a un semillerito ofrecido en la Unidad Deportiva de Belén, al cual nunca quise pertenecer y en el que mi espíritu displicente y desordenado se dejó ver por vez primera, haciéndome acreedor a varios llamados de atención por mi resistencia a finalizar todo lo que comenzaba.
Sospeché entonces que yo no encajaba bien en este mundo, por el cual sentía una gran aversión desde corta edad, y encontré en la lectura una vía de escape efectiva para viajar a otras tierras y vivir otras vidas.
Ocho años cargaba a mis espaldas cuando leí la novela Rebelión en la granja de George Orwell, la cual, siendo yo tan niño, y ajeno a cualquier conocimiento sobre políticas socialistas, no pasó de ser una simple fábula de animalitos desdichados con un final trágico que me hizo detestar a la población porcina.
A partir de entonces me dediqué a merodear por territorios más acordes con mi edad. Fui en busca de seres descomunales en ¿Han muerto todos los gigantes?, viajé a un extraño mundo creado por la mente de un monarca durmiente en “Chipo”, tuve mi primer encuentro con la literatura de los mares a bordo de La góndola fantasma y comprendí el poder de la imaginación con las aventuras de un niño y sus peluches de felpa, creación del británico Alan Alexander Milne, que serían convertidos luego en un circo de muñequitos amanerados, condenados a adornar credenciales y esquelas de cumpleaños, de la mano de la compañía de dibujos animados Walt Disney.
Más tarde conocería a una familia de trolls finlandeses, llamada Mumin, que consiguió encariñarme aún más con los seres de corte mitológico y fantástico. El último empujón hacia una literatura más “seria”, con comillas enormes, ya que para esa edad todo lo leído fue importante y revestido de seriedad infantil, me lo propinaron dos individuos barbados que soñaban con otro mundo en el que tuvieran a alguien más con quién hablar, pero que nunca se atrevieron a cruzar la colina, temiendo comprobar que estaban efectivamente solos.

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Los seis destinos deseados (Parte II) http://emiliolarsen.espacioblog.com/post/2008/03/29/los-seis-destinos-deseados-parte-ii 2008-03-29T17:19:33+00:00

Por: Daniel Rojas Arboleda

Cuando se es niño, la única preocupación es acceder a los mundos sin importar quienes fueron sus creadores. Por esos días, las cuestiones referentes a autores y estilos estaban lejos de parecerme relevantes, por lo cual, y a pesar de lo innegable de la influencia de estas obras en la formación de mis gustos literarios, no logro hoy recordar sus autores ni, en algunos casos, sus nombres específicos.


Foto: http://www.clementebernad.com

Era pues hora de cruzar la colina.
Tras un breve encuentro con los hermanos Grimm, llegó a mis manos, en una tarde de marzo, un semanario literario en el que leí un fragmento de una historia sobre un pequeño hombre que tenía en su poder una gema de gran valor. Allí se relataba la manera en la que este devolvió dicha joya a un grupo de humanos reunidos en las afueras de una fortaleza parapetada. Puedo asegurar, desde la distancia de los años, que este ha sido el momento literario más intenso de mi vida.
Acuciado por la intriga de conocer cabalmente aquel relato, di inicio a un viaje que ningún otro libro me ha permitido experimentar: emprendí mi peregrinar a través de la Tierra Media de Tolkien, y tuve el privilegio de devorar gran parte de la bibliografía de este autor sudafricano, incluido su poco conocido cantar de gesta La balada de Berén, en las noches rojas del municipio de San Jerónimo. En este mundo descubrí que no todos los trolls eran nobles como aquella familia finlandesa.
Pronto no tuve en mis manos nada que se relacionara con el mundo tolkieniano y las ansias de leer se desbordaban por mis poros.
El segundo momento mágico en mi experiencia literaria llegó por un golpe afortunado del destino: un amigo de la familia partía hacía Alemania de manera indefinida, confiándonos el cuidado de algunas de sus posesiones, incluida su biblioteca, en la cual hallé un libro encuadernado en cuero rojo, en cuyo lomo se leía, en letras doradas, El lobo de mar. Naufragué entonces entre sus páginas y fui rescatado del Océano Pacífico por el enigmático y brutal Wolf Larsen, con el cual navegué durante algunos días.
Exhausto por mis vivencias a bordo de la goleta Ghost, me dispuse a buscar nuevas experiencias. H. G. Wells me abrió las puertas de la ciencia ficción con la Guerra de los mundos y El hombre invisible, mientras Allan Poe me susurraba palabras de misterio.
Colmillo Blanco y Lucky Star me llevaron de la mano para depositarme ante las puertas de mi tercera gran experiencia: los inquietantes relatos de Horacio Quiroga y sus inherentes reflexiones sobre el sentido de la vida, cuya última pincelada de tragedia fue plasmada por Kafka con El proceso.
Mi cuarta vivencia literaria digna de recordar sucedió por partida doble. En ella recorrí la selva negra de Salgari y me encontré con las escalofriantes pero hermosas Leyendas de Bécquer. Ray Bradbury, por su parte, atraería de nuevo mi atención hacia la ciencia ficción por medio del hielo y el fuego, causando en mí una fascinación que fue pronto reemplazada por el temor que me inspiró la aparición de la Nada en el horizonte. El país de Fantasía creado por Michael Ende me atrapó por días enteros, llevándome a vivir mi quinta aventura memorable.
Llegó luego un período en el que solo leí tediosas novelas de literatura fantástica, pertenecientes a una colección editada en honor a Tolkien. Copias baratas de su mundo y sus seres de las que únicamente un título mereció mi atención: El último dragón. Defraudado por esa nueva ola pastel de narraciones poco originales me di cuenta de que, luego de mi experiencia en los países de Gondor y de Mordor, ya no encontraría consuelo en esta clase de narraciones.
Obligado a cambiar de rumbo regresé a la ciencia ficción para deleitarme con los bomberos creadores de incendios del Fahrenheit 451 de Bradbury y, tras una breve estadía en su Árbol de las brujas, decidí partir hacia el planeta Marte para conocer sus crónicas. Este viaje permanece inconcluso pues mi atención fue atraída por una enorme extensión de silencio blanco, a orillas del río Yukón, que me alentaba a ir en busca del recién descubierto oro del norte americano. Viví así mi sexta gran aventura al lado de Malamute Kid y los aventureros de El silencio blanco y otros cuentos.
A esto le siguieron ojeadas a Stevenson, Melville, García Márquez, Fanny Buitrago, Kipling y Manuel Mejía Vallejo que me llevaron en un disímil recorrido hasta la mente de Cortazar, quién me retuvo como prisionero de su mundo lúdico por mucho tiempo, y aún hoy me pregunto si he logrado escapar.

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